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24 En 2009 - 19:00:47

BLANCO

Ese maldito dolor constante...me palpitan brazos y piernas. Es insoportable. Trato de moverme para aliviar la tensión de mis músculos pero algo me lo impide y abro los ojos. Las blancas y brillantes luces me ciegan hasta que mis ojos se acostumbran a la inesperada luminosidad y una lágrima me corre por la mejilla. Pero no puedo mover la mano para secarla. El corazón empieza a latirme muy deprisa en una señal de alarma, miro a izquierda y derecha, mis manos están atadas y yo estoy cubierta con una sábana blanca pero adivino que mis piernas están igualmente atadas. Intento tranquilizarme para buscar una forma de desatarme. La vista se me pierde en el techo blanco de la habitación. El dolor es tan fuerte...

Miro de nuevo mis manos buscando un modo de llegar a soltar las correas y mi mirada tropieza con la blanca pared y la silla arrinconada. Blanca. A mi derecha la pared blanca se confundía con una cortina. Blanca. Odio el color blanco. El blanco me irrita, me encrespa los nervios, me atemoriza, me hace gritar tan fuerte que el sonido rebota en las blancas paredes y el eco penetra brutalmente en mis oídos, ensordeciéndome. El dolor es tan insoportable como este maldito traje blanco que llevo puesto.

Alguien aparece de detrás de la cortina blanca. Una anciana de tez blanquecina vestida con un enervante conjunto blanco. Sigo gritando. Estoy tan enfadada que si no tuviese atados manos y pies me lanzaría sobre la cabeza canosa de la mujer y... La anciana levanta la mano y descubro que porta una jeringuilla llena de un líquido lechoso que parece inmóvil. Ella se detiene a mi lado y, con lo que me parecen susurros, dice: "Pronto estarás más calmada." Y con esta frase me clava rápidamente la jeringuilla en el brazo y veo con desesperación cómo el líquido blanco entra en mi cuerpo.

     Pero inmediatamente la angustia comienza a remitir y mis músculos se aflojan como por arte de magia. Los gritos se convierten en imperceptibles gruñidos y un suspiro termina por tranquilizarme totalmente. La anciana sonríe enseñando sus blanca dentadura postiza. Me enfurece, pero siento como si flotase en una silenciosa burbuja que me transporta a la calma. Cierro los ojos y el blanco se apaga. La anciana me da unas palmaditas en las mejillas y dice: "Eh, ahora no es momento para dormirse aquí. Estás preparada para salir fuera." Y a pesar del adormecimiento abro los ojos y veo como me desata las correas con sus pálidas manos, y su blusa blanca, y sus cabellos canos.

     Alguien más se acerca. ¿Es que todo tiene que ser de color blanco? Y la anciana y el chico vestido también de blanco me ayudan a incorporarme y caminar un poco. Soy de aire. Puedo mantenerme en pie, pero no quiero caminar descalza sobre ese impecable suelo blanco. Mi vista fija en él. La puerta que se abre. ¿Dónde demonios me llevan? Tengo frío, este vestido parece estar desabrochado...un momento. Aquí hay más personas vestidas de blanco y veo sus enrojecidas carnes asomando por detrás y a los lados. Algunos están sentados con la vista perdida, otros caminan lentamente.

     Las paredes siguen siendo blancas, el suelo es...las sillas son...las cortinas...libros...un televisor encendido... verde... amarillo... marrón... violeta... ¡rojo! Cierro los ojos para escapar de ese alúd multicolor. Odio el rojo, odio el color rojo porque es el color de la sangre que quedó incrustada en los bordes del cristal cuando mi hermana pequeña atravesó el parabrisas del coche y cayó en un golpe seco encima del cristal del coche con el que nos habíamos estrellado de frente mientras yo recibía un fuerte golpe contra el volante. Odio el color verde del bosque en el que no había nadie para ayudarnos. Odio el amarillo luminoso del sol que me quemaba mientras me arrastraba por la carretera. Odio el azul limpio del cielo burlón que estaba sobre mí viéndome gritar pidiendo auxilio, magullada, sin fuerzas, llamando a mi hermana. Odio el color naranja del fuego que se inició cuando explotaron los depósitos de los coches. Odio el color violeta de mi vestido que se arrugaba y se quedaba pegado a mi piel a medida que lo consumían las llamas. Y odio el blanco en el que todo se convirtió después cuando llegó la blanca ambulancia con sus médicos vestidos de blanco que me cubrieron de blancos ungüentos y vendas blancas y me dijeron que mi hermana había muerto en el accidente de coche que yo había provocado por conducir ebria. Había pasado la noche bebiendo tequila. Un tequila amargo, incandescente, un poco pesado al caer en el vaso y, sobre todo, de un nítido transparente.
Admin · 52 vistas · 1 comentario

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